miércoles, 6 de agosto de 2014

”Los asesinos de Liverpool” Jon Venables y Robert Thompson (10 años/Inglaterra)

Los dos jóvenes tenían diez años cuando cometieron el crimen, uno de los más aberrantes de la historia del Reino Unido, por la corta edad de los autores y la saña con que torturaron a su víctima antes de matarla.
La mañana del 12 de febrero de 1993 ambos faltaron a la escuela y fueron a un centro comercial de Bootle, en Merseyside. James Bulger estaba jugando frente a la carnicería, donde había entrado su madre, Denise. Cuando Thompson y Venables le tendieron la mano el niño, curioso y de naturaleza jovial, no lo pensó dos veces. La madre lanzó la alarma de inmediato, pero ya era tarde: James se había alejado con sus asesinos por una salida secundaria, como mostraron luego las cámaras de un circuito cerrado de televisión. Fue el comienzo de una larga agonía. Cuando llegaron a una vía férrea del paraje de Walton, Thompson y Venables no mostraron piedad alguna.
Primero le arrojaron ladrillos encima al pequeño, luego lo golpearon repetidas veces con una barra de metal. Thompson le dio una patada tan fuerte en la cara que le dejó la huella marcada en la piel. Finalmente le quitaron los pantalones y los pañales y lo torturaron con baterías eléctricas. El cadáver del niño fue hallado sólo el 16 de febrero, tras cuatro días búsqueda nacional: un tren lo había cortado en dos.
Thompson y Venables, que fueron juzgados como adultos por decisión expresa del gobierno y condenados a cadena perpetua, serán vigilados todo el resto de sus vidas, y si alguna vez cometen otro delito serán enviados nuevamente a prisión.

EL PETISO OREJUDO: EL NIÑO QUE MATABA NIÑOS


Fotografías del Museo de la Policía Federal Argentina
Un hombre entró en una comisaría de Buenos Aires para entregar a su hijo a la policía. Estaba cansado de Cayetano Santos Godino, el más endiablado entre su prole, que tenía nueve años y unas cicatrices que decoraban su cráneo. Las palizas del padre ya no servían de nada. Ese día, antes de ir a la comisaría, el padre se había percatado de que el zapato que se quería poner le quedaba chico. Siempre lo usaba, pero de repente ya no le entraba. Había algo ahí adentro. Era un pajarito muerto. Después encontró el resto: una caja debajo de la cama, llena de pajaritos muertos. Decidió llevar a su hijo a la policía.  Allí el comisario de investigaciones anotó que el niño era «absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos». Y aceptó dejarlo guardado por un tiempo. Lo que el padre no sabía era que su hijo ya había cometido su primer asesinato. Había sido en el silencio de una tarde invernal de 1906, siete días antes de ser remitido a la comisaría. 

Su víctima no había sido un pajarito. 

Había matado a una niña de dos años. 
La había raptado de la puerta de un almacén y, después de fallar con el estrangulamiento, la había enterrado viva en un baldío